Esta Noche, Este Mundo

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“I hate to be psssst at

I hate to be pssst at

me cae pero sura

I hate to walk by a man and be psssst at

I hate to sit at a table at some mistake joint

and be pssst at.”

(Evangelina Vigil.  Thirty and Seen a Lot)

Acá, desempleada todo el mes. Con mamá que va y viene del hospital una vez por semana, y un invierno ventoso que avanza sobre la ciudad y se deposita dentro de mi garganta en forma de nudo. Escribo para dos revistas feministas que no me pagan pero prometen difusión. Mi editora vive en Texas pero se comunica conmigo por medio de cincuenta e-mails al día. Me pide que verifique datos. Quiere más entrevistas a mujeres y menos opiniones personales. Escribo sobre cosas de las que estoy pssst at como el sexismo, la violencia de genero, y los abismos de desigualdades sociales. A veces escribo ficción y poesía por que ahí es donde puedo decir la verdad, pero para el periodismo tengo que aparentar precisión, I am objectively pssst at.

Hoy a la noche mis vecinos Filipinos decidieron festejar el cumpleaños de la abuela. Es Lunes y escucho a través de paredes finas como la familia canta “I will survive” con el karaoke. La pasan bien. Yo no.

No puedo dormir y decido abrir mi computadora para buscarte en todos los medios tecnológicos del 2013, comenzando por Facebook, a ver si ya encontraste a otra. Lamentablemente tu perfil en Facebook  me lo confirma a través del mensaje que te deja una mujer “vamos a mirar Batman juntitos esta noche y te cuento mis recuerdos?” Bien por vos. Además, estás en Mexico donde no hace frío como acá. Cierro la computadora y me pongo los pantalones. Guantes no hay, o no los encuentro. Sentirme irremplazable hasta que me reemplazan, eso, el amor.

Antes cuando era verano, me ocurría que todo se ablandaba y cedía terreno por las noches en Nueva York. Digo que me ocurría, aunque una estúpida esperanza quisiera creer que acaso ha de ocurrirme todavía. Y por eso, si ahora que cae la nieve, y echarse a caminar una y otra vez por la ciudad parece una locura, sigo intentando ignorar tu ausencia. Con un poco más de suerte, encontrar algo o alguien que me devuelva la escritura, que me ayude a escribir otra vez.

Quién sabe hace cuanto que me repito todo esto, y es una lástima, por que hubo un verano en que las cosas me sucedían cuando menos pensaba en ellas. Dejándome llevar por mis preferencias callejeras, encontraba una historia en cualquier rincón de la ciudad. Por ejemplo, buscando donde comer empanadas colombianas por mi barrio de Jackson Heights, territorio ambiguo de noche, descubrí la zona de los burdeles. Ahí, las chicas dominicanas y mexicanas ganan dos dólares por baile en Románticos. Es tarde y camino hacia las puertas de ese cielo artificial. Me siento en el bar. Si fuese hombre, le pediría a una mujer un lap-dance pero mi género “femenino” me limita a escuchar las historias de las chicas, compartirles la mía, o a pedir trabajo ahí.

Románticos, bar latino situado sobre ese pasaje entre la calle 74 y la 86 que bordea el puente de Jackson Heights. Es la caverna del tesoro donde inmigrantes y trabajadores se van a quitar la soledad. En los años setenta y ochenta iban a Times Square en el centro, donde las ediciones de diarios narraban crónicas sobre esas calles en todas las páginas. El centro, para los que preferían la noche artificial repleta de anuncios luminosos a la palidez de la estúpida luz del día. Más tarde, en un intento gubernamental de “limpiar” la zona, la noche  desgarrada de hogar se instaló en las  afueras de Manhattan y bajo los puentes de mi barrio. La noche de Jackson Heights comenzaba a aparecer en el New York Times cada vez más seguido en investigaciones de prostitución. Muchos en el barrio se quejan, dicen que no es prostitución, que las chicas solo bailan. Otros ceden a la curiosidad, a la entrada vespertina de sus bares.

Me gustan las puertas abiertas de los bares. Pido un trago. Una mujer dominicana de labios tornasolados baila bajo las luces azules de neón. Se acerca y me pregunta mami, que necesita? y yo quiero lo más parecido que tenga a un fernet con cola, bebida argentina responsable de varias de mis resacas adolescentes. Quiero un lap-dance también, pero no se lo pido.

La mujer me sirve un mojito, “aquí tiene mami son cuatro dólare”  La palabra me recuerda a mi mamá, mami…Pensará acaso la mujer que ya soy madre? Quien sabe, y por qué no. La mía hace meses le diagnosticaron un cáncer, y lo primero que hizo fue compartirme un poema de Cesar Vallejo que decía Hay golpes en la vida tan fuertes . . . ¡Yo no se! Hay días que los golpes se sienten más fuertes que otros, pero por las noches siempre se puede caminar por la ciudad, respirar.

Aunque cuesta.

La palabra “juntitos” ha poblado las cavidades de mis huesos hasta que fluye hacia el nudo de mi garganta y se deposita ahí. Me corta un poco la respiración. Es la puerta de otro club al cuál no estoy invitada.  Suerte que las de Románticos siguen abiertas, para mí y para ellos los hombres.

Mi mamá duerme en casa mientras yo me termino el mojito de a sorbos. Cuando llegamos a Nueva York se vestía con colores mas cálidos y rústicos pero ahora usa pulóver y gorritas oscuras. Le molesta no poder trabajar y evita la hora pico en el subte para que nadie la empuje. Escribe poesía que no comparte con nadie, y me corrige los tiempos verbales cuando le hablo en español. Tengo miedo que ya no me quede a quién preguntarle si la palabra “a través” lleva o no lleva tilde.

Tengo miedo de las noches que, pobladas de recuerdos, encadenan mi soñar cantaba Gardel. Pienso en la partida y el regreso. En ti, en lo rápido que te escapaste. Yo me quedé, y perdí el español desde que me obligué a hablar en English del norte. Por que ahora escribo este relato gritándole a mamá desde la cocina, “Mamaaaaaa… ‘avanzar’ va con be larga o be corta?” a veces sueño en spanish, a veces en ingles. Los lugares a donde nos lleva el lenguaje cuando estamos en un país pero hablamos la lengua del otro.

El mojito viene con rodajas de lima y las aprieto entre los dientes. Las chicas de Románticos llevan faldas cortas de leopardo y le sonríen a los hombres, tienen corpiños push-up y uñas de colores. Mi mojito no se parece en nada a un fernet argentino, pero se acaba rápido mientras las miro caminar a ellas, parecen palomas taqueando de sur a norte por la pista de baile.

Mi feminismo a medias me delata. Quiero sacar mi libretita y escribir metafóricamente sobre tu cobardía, tu egoísmo y las variadas dimensiones de mi soledad, pero me termino lo que queda del mojito. Una bailarina se acerca a ofrecerme otro trago y le pregunto, ganas mucho dinero trabajando aquí?

No está tan mal, me dice, solo hay que saber bailar.

Hay que bailar bien, hay audiciones?

No tienes que bailar bien, me contesta, sus labios color rojo neón ante el laser brillante de la luz artificial.

Solo tienes que querer bailar con ellos, me dice.

Ellos? le pregunto.

Ellos, los hombres, me dice.

Los hombres de Románticos tienen tatuajes en los brazos musculosos y visten bien sharp como si salieran de la oficina. Miran a las chicas. Las quieren tocar. Traen sperm cells en el brain, y a las brain cells las mata el alcohol. Los hombres de Románticos se sienten solos. También saben de nostalgia. También extrañan a alguna mujer que ahora estará juntita con otro, susurrando palabras dulces en español, mirando la lluvia caer desde ventanales ajenos al frío y al english seco de Nueva York. Te imagino después del regreso, mirando desde la ventana de tu casa los techos bajos de tu pueblo. Tu que me recuerdas pero no sabes de exilio o de english forzado, o de spanglish.

Quizás no hay tanta diferencia entre los hombres de Románticos y yo. Solo que con este feminismo a medias, yo sigo sin mi lap-dance y ellos como tú, pueden sacarse la soledad como traje viejo por dos dólares. Así sea por una noche y dentro de este mundo.

(Nueva York, Diciembre 2013)

 At 2$ a Dance, A Remedy for Loneliness. New York Times, NY 2006,http://www.nytimes.com/2006/02/20/nyregion/20dance.html?_r=0

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