La Estrella

“Ahora que llueve, ahora que este aguacero me hace ver la ciudad desde los ventanales del periódico como si estuviera perdida en el humo, ahora que la ciudad está envuelta en esta niebla vertical, ahora que está lloviendo recuerdo a La Estrella, por que la lluvia borra la ciudad pero no puede borrar el recuerdo y recuerdo el apogeo de La Estrella como recuerdo cuándo se apagó y dónde y cómo. ”

(Guillermo Cabrera Infante, “Ella Cantaba Boleros”).

Mi vida era un caos nocturno ese verano, con un solo centro que era la ciudad de Nueva York y dentro del centro unos tragos con ginebra y hielo, o ron con coca-cola y agua, y el café de un dólar que se consigue en el Mac. Donald abierto las veinticuatro horas, para sacar la borrachera antes de subir al tren siete después de una noche de jazz o tal vez salsa dependiendo si era Miércoles o Jueves, dependiendo si salíamos con la Evelyn o con Miguel.

Yo tenía el verano libre hasta Septiembre, cuando comenzaba otra vez la jornada lectiva, y la vuelta a clases con mis alumnos de séptimo grado. Por que durante el año escolar yo era profe pero después en el verano me salían los dientes de escritora, que equivale a  que me salían las ganas de descubrir la ciudad otra vez y de noche, todas las noches de la semana. Entonces lo único que quería hacer yo era pasármela de ronda en ronda, olvidando que los meses pasan, y que estos se vuelven años mientras que uno sigue en la misma búsqueda, despierto por las noches hasta que a la madrugada llega el miedo a terminar estancado en la agobiante rutina de las bodas, los cigarrillos, tener que ahorrar para la futura jubilación y acumular deudas y rencores en cajones.

Y en una de esas noches de caos nocturno conocí a un hombre que había visto a La Estrella, y parece una broma, pero fue ahí cuando entendí que ella no había muerto, que La Estrella era inmortal. Me conto su historia en un bar del bajo, localizado en el Bowery, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad. A mí debió verme algún interés en la cara por que a pesar de la borrachera se me hacía el misterioso con su historia:  “que te la cuento después, cuando sea el momento indicado, cuando se despeje de borrachos el bar” y así se nos hicieron las tres de la mañana y yo me lo quería llevar ya para mi depa, pero el seguía con ganas de contarme su historia. Entonces  acabamos buscando una mesa en un rincón donde se podía hablar en paz sin acudir al grito.

Me contó que era fotógrafo y que estaba en la ciudad desde Mayo, con idea de quedarse hasta Diciembre, para ver la nieve. Su mujer se había quedado en México mientras el pasaba la temporada en Nueva York, un modo como otro cualquiera de admitir que la había abandonado, o que escapaba de algo. Era un hombre nada ignorante, de ojos intensos que no me sacaban la vista de encima y con manos que comenzaban a tomar confianza primero sobre mis rodillas, después mas cerca de mis muslos. Ya se reía de mi acento argentino, como se me ríen todos los mexicanos y entre una y otra pregunta me sacaba si vivía sola, si dormía sola, mientras me compraba otro trago y me sonreía y  yo olvidaba que cerraba ya el bar, mientras seguían las rondas y me enamoraba de su voz y de sus crónicas.

Me contó que de tanta noche, tanto trago y pizza barata de las tres de la mañana, de tanta resaca y café se veía ya envejecido en los reflejos de las ventanas, y que sin embargo nunca se había visto tan bien.  Me contó que escapaba, pero que no se escondía. Que ya no quería volver a las sombras y a las rutinas de su pueblo pero que la vida en esta ciudad era costosa y cruel, aunque con gratificaciones únicas que le costará explicar a esos que todavía le escriben preguntándole por que no vuelve ya, por que sigue ahí . Me hacía comparaciones pseudo-metafóricas entre Nueva York y la idea de morder una manzana, esas comparaciones bíblicas a las que todos acudimos para explicar las cosas inmensas. Me comentaba que  la manzana ya estaba mordida, y ahora, después de tanta noche, después de tanta ciudad despierta, volver le sería denso, volver lo marchitaría un poco, lo dejaría hambriento. Entonces, su rostro cansado en los reflejos de todos los cristales ya no le preocupaba. Lo veía como un signo de sabiduría, de buen augurio tal vez.

Y yo que solo quería besarle esa boca por que se me hacía tarde y no tenía ganas de dormir sola esa noche, pero lo seguí escuchando. Pareciera no beber para olvidar ese hombre, si no al contrario, para mantenerla viva a La Estrella, para evitar que se fuera de vuelta para el olvido, por que solo me hablaba de La Estrella y que de ella solo queda un disco con una portada de mal gusto donde una mujer negra, enorme apagada, plana, canta con los ojos cerrados, su única grabación, que salió pésima y los que la conocieron saben que esa no es su verdadera voz, y que así no es como se veía.

Contó que una noche, cuando la fiesta pasaba más afuera que adentro, estaba él fumando con un grupo de hombres en la esquina del bar y había visto a una mujer con cuerpo de ballena negra, mujer mas bella que la selva y que la vida, meneándose en un rincón de la calle, cantando un blues con pulmones de agua y ron, una voz aceitosa y gastada por la noche, que se escuchaba hasta la esquina de la cuadra. Y al segundo de verla descubrió que se parecía mucho a la Estrella, o por lo menos al recuerdo que tenia de ella.  Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo ahora que el blues sonaba más como noche de ronda, todo al compás de sus tacones que golpeaban el asfalto, todo al compás de esa voz de azúcar que salía de ese cuerpo enorme, con esos senos que parecían balsas repletas de arena húmeda. Ese hombre que la miraba y en su timidez no sabía como acercarse a esa selva inmensa de sombra y noche para entregarle toda su nostalgia de volcán y luna azteca, toda su admiración.  “Mire Usted” me decía  “a mi se me han acercado muchas mujeres en la vida” me admitió “pero nunca fui yo el de iniciar una conversación con una mujer.”

Y es que la mujer se le parecía de tal manera a La Estrella que casi le dio risa, y después espanto, y después risa otra vez. Y como no encontró pretextos para hablarle, se le acerco sin pretextos, sin cartas bajo la manga, sin guiones, como debe ser, e intentando expresar su profunda honestidad le dijo de cercano y al oído:  “Estrella, tu eres la estrella. Te estuve buscando. You are a star.” Y esa mujer de cuerpo de selva y lobo y ballena, negra, con ojos negros pintados de azul y plata en los parpados lo mira a los ojos y le caen lagrimas y le contesta que “si, que papito, que dímelo otra vez, que tu no sabes papito, que si tu supieras. ”  El hombre le confesaba “te encontré, eres la Estrella” y la mujer que “papito dímelo otra vez, “La Estrella, you are a star” y así los dos en trance divino como esos que nos da la noche y las luces malditas que nunca se apagan en está ciudad por dos, tres minutos que eran como dos, tres horas en el tiempo gobernado por el deseo y no por el orden, se susurraban y se perdían en un baile de palabras hasta que esa balsa de carne que se menea lentamente ahora, al compás de un amanecer húmedo y caluroso, más rápidamente ahora, lo miró con esos ojos, ya con los labios cercanos a su oído y le dijo que “papito, que tu no sabes, que mi hija se llama Estrella, que yo le cantaba desde que la tengo dentro y ahora es lo único que tengo, desde que me dejo su padre, y mi hija se llama Estrella papito.”

Entonces, fue ahí en esa esquina del Bowery donde el hombre comprendió que ciertos personajes disfrutan de una inmortalidad inalienable. El sabía que quizás nunca más hablaría con esa mujer y sin embargo, estaba condenado a buscarla. La Estrella venía a demostrar que cualquier lector dado a la imaginación puede empezar un relato cualquier noche de verano, tal vez dentro de un vagón de tren, en una ciudad como Nueva York que todavía tiene noche y jazz y rumba las twenty four hours y que lo demás se lo deja al azar.

Resumiendo, me las arregle para conocer el depa de ese hombre, esa misma noche,  vivía en condiciones precarias como las de todos los que vivimos en está ciudad y no nos alcanza para vivir en Manhattan. Tenía libros de fotografía en su mesita, y parecía amante de la literatura Mexicana y del autor cubano Cabrera Infante, lo  que me contaba antes de caer dormido.  A la mañana me recibió con café y huevos. Semanas después le llevaba yo mate con bizcochos todas las tardes. A veces nos encontrábamos en Central Park, otras en Union Square. Yo le leía a Ocampo y a Pizarnik, mientras que él con su voz suave me compartía poesía de Ruben Bonifaz y no dejaba de describirme a La Estrella, no dejaba de buscar otras mujeres por la ciudad que quizás se le parezcan. Lo conmovía el hecho de que hayan nacido otras Estrellas futuras, eso, la inmortalidad.

Intercambiábamos ensayos en rincones refugiados de bares, consecuencia de cuando a dos les interesan los mismos malos hábitos como la literatura y la filosofía, entonces poder compartir un mundo menos forzado, un duro cielo conquistado que perdura luego del cierre de los bares, luego del closing time.

Se fué cuando las hojas del Central Park comenzaban a cambiar de verdes a marrones, y uno saca el sweter, y las noches son ya mas cortas. Me escribió una vez comentándome que quería volver, pero después mi trabajo cada vez mas comprometido en la escuela y las obligaciones nos prevenían seguir en contacto. Quise tomarme unas vacaciones, irme a alguna playita en Mexico, pero cada semana me esperaban nuevos problemas, nuevas obligaciones. Quien sabe si se habría casado el a esa altura, o si también a el lo agobiaban las obligaciones familiares y el trabajo.  Una y otra vez me pregunte si podría encontrarme yo también con La Estrella por la ciudad, escucharla cantar otra vez como ese hombre la escuchó esa noche cuando se sentía lejano, envejecido, y tan feliz. Solo sé que de ella queda un relato brillando en la memoria de ese hombre.

Mas tarde, al caer la nieve y a ratos perdidos me iba a caminar por el Bowery algunas noches, mirando vagamente para arriba, a veces arrimándome a ventanas y entrando por esquinas de la ciudad, tomando café ahora, en vez de vino o ron, pensando cada vez con menos convicción en esas noches de verano que habían sido un caos muy cercano a la felicidad, tal vez vagando sin rumbo fijo hasta llegar otra vez a mi depa, y con la esperanza de encontrarme a La Estrella uno de estos atardeceres. Preguntandome si ya habría vuelto ese hombre, si me lo pudiera encontrar nuevamente en algún bar, olvidar las obligaciones del trabajo, la familia, los ahorros para la jubilación y esos rencores de siempre ya acumulados en cajones. Volver a tomarnos un vino o algún ron, compartir una lectura de Cabrera Infante, recordar a La Estrella cantando boleros, rescatarla del olvido una vez más.

Carolina A. Drake ( Nueva York, 2013)

Advertisements
This entry was posted in Poetry and tagged , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s